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¿Se puede hacer arte en un conservatorio?

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manos atadas

¿Qué está ocurriendo en los conservatorios?

La semana pasada estuve de público en los recitales fin de carrera del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, y  salí bastante preocupado después de ver lo que se cocía sobre, enfrente y tras el escenario. Parecía que en lugar de asistir a unos recitales estaba presenciando el apocalipsis del repertorio romántico y virtuoso.

Antes de pasar por un conservatorio, pensaba que era un lugar donde aprender música a lo grande. Empaparse de las mejores técnicas para tocar increíble, conocer y dominar un gran repertorio, y salir de allí con la sensación de haber aprendido tanto como para ofrecer al público conciertos de calidad.  Tiene sentido ¿verdad? Pero la experiencia me ha desmotado que es el mejor lugar para frustrarse, desmotivarse y terminar pensando que eres el último mono dentro del ecosistema musical.

Esa es la gran paradoja de los centros de arte. Cuentan con la mejor materia prima, grandes especialistas, buenas instalaciones… Incluso si son públicos tienen precios asequibles para que cualquiera pueda acceder. Sin embargo la gran mayoría de los alumnos se sienten juzgados tan duramente que llegan a plantearse si de verdad sirven para esto de la música.

El origen de todo...

Estamos hablando del poder del juicio, y los profesores tienen una gran responsabilidad por ser una figura de referencia y autoridad. Pero está claro que muchos no son conscientes del alcance que tiene ese poder, ni de cómo podrían modularlo para generar mejores resultados. Esa dureza que algunos conservan se basa en el viejo paradigma de aprender a través de la presión y el castigo. Y está muy lejos de las técnicas actuales de motivación y consecución de resultados basado en el talento. Quizá por eso tan poca gente consigue terminar los estudios, pero todo se arregla con la justificación de que es una forma de preparar al alumno para la presión de la vida profesional, o como suelen llamarlo: la vida real. Cuando en realidad lo que ocurre es que se generan problemas de autoestima, síndrome de burn out prematuro, crisis de ansiedad y un largo etcétera.

Aquí os puedo contar el caso de un amigo (le llamaremos Victor para mantener su anonimato) que tuvo que dejar de tocar, literalmente, durante un año su instrumento después de haber terminado el superior. Tengo que deciros que Victor era un violinista brillante, llegó a tocar como solista con la orquesta del conservatorio. Era una persona tranquila, siempre con una sonrisa cuando te lo cruzabas por los pasillos y bastante trabajador. Nada hacía presagiar que un año después de su recital fin de carrera manifestaría los síntomas de haber vivido esa presión excesiva. Su cuerpo estaba totalmente bloqueado cuando cogía el instrumento.

 

¿Qué podemos hacer?

Pues la verdad es que hasta que esta mentalidad cambie o se incorporen psicólogos o coaches a la formación tendremos que seguir soñando con personas capaces de enseñar y transmitir rigor sin generar lastres.

Lo ideal sería educar desde la singularidad, es decir, teniendo en cuenta el talento, las aspiraciones y las debilidades de cada uno de los alumnos que pasan por el aula. Trabajar con visión de futuro y teniendo claro el propósito vital. ¿Suena a utopía? Pues es algo que se trabaja actualmente en cualquier mentoría de negocios, proceso de coaching y en muchos cursos de especialización, y es solo cuestión de tiempo que llegue a la enseñanza reglada. Básicamente porque es algo que está produciendo resultados increíbles. En nuestro caso estaríamos hablando alumnos que viven en sintonía con su poder creativo, sin miedo a arriesgar en el escenario, ni en la vida, y dispuestos a concebir proyectos auténticos y generar impacto en el público. 

Así que, hasta que llegue ese día seguiré escribiendo entradas en mi blog, haciendo vídeos y creando cursos para que no haya ningún músico en el mundo perdido en su falta de confianza.

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